
Llevo todo el día tarareando el tema de Shaft y mi bragueta hace un scratch cuando se acciona. La subo , la bajo, hago un flare de cremallera y casi escucho a las concubinas de Shaft gemir mi nombre. El tufillo de los sanitarios del VIPS no me estremece; luz turbia, espejos obstinados, papel rígido para secarse las manos que nunca dejan de oler a calle. Hoy es 15 de septiembre y estoy en uno de esos merenderos lamentables que deben acentuar sus efectos perniciosos en navidad o año nuevo. La turba nacionalista se desboca en estas fiestas como si cualquier otro día del año no tuviera las mismas veinticuatro horas para dilapidarse. Un día más con el hormigón hasta el cuello ; sólo que hoy hay banderas en los balcones y chiles en nogada causando indigestiones. Esa es la mejor parte, como diciembre y su cerveza Noche Buena. Todo lo demás es igual de jodido: los villancicos y el mariachi ni siquiera consiguen deprimirme, sólo me aturden.
Que piense en mujeres y en sus orificios bucales cuando me urge orinar no es nada nuevo, me sucede todo el tiempo. Recorro el baño y los excusados permanecen ocupados, en las rendijas inferiores sobresalen zapatos sin brillo y pantalones deprimidos, tipos que pujan y leen el periódico o mandan algún mensaje por el celular mientras defecan en aparente intimidad; una soledad de cagadero. Los envidio pues yo nunca he tenido las agallas para obrar en lugares públicos; y no es que me atemoricen las flatulencias, o me asqueen las tazas salpicadas de orines (desprecio a los delicados que improvisan sus asientos de papel higiénico), pero las musas suelen alejarse en los momentos clave de mi vida; y cagar por lo general es uno de éstos. Habitan en cambio tras los mosaicos azulados de mi baño; se adormecen en mi tapetito de peluche, juegan con el vaso que contiene los cepillos dentales desahuciados, y sólo después de un extenso ritual de silencios y espasmos, mi esfínter externo se relaja y estas musas del desecho pueden darle rienda suelta a mis heces.
Me desespera rumiar la inspiración; es muy sencillo dedicarle palabras masticadas a una golfa. Hoy sólo quiero mear y ponerle el blanco al águila sobre el nopal, no tengo mayores pretensiones. Tampoco veo motivos de especulación gratuita, los festejos patrioteros han marcado la ruta: Luego del VIPS seguramente acabaremos en la “noche mexicana” que año con año se organiza en casa de una prima. No tengo ganas de salir de este baño pero acabaré allí. La voluntad y la patria son la misma purulencia enclenque: llevo la república bananera en la sangre.
Al llegar a los urinales me pongo exigente. Qué horrible depósito con forma de mandíbula para encomendar mi lluvia, pienso; y me avergüenzo de las analogías forzadas, porque de pronto el recuerdo de una novia prognata que tuve en la prepa me estremece al comparar su pobrecita buchaca de perro con el mingitorio; ¿por qué carajos no chiflas alguna cancioncita de Armando Manzanero para desentumir la próstata como hace el pendejo de junto?
Existen objetos cuya función consiste en recordarme momentos que a primera vista no guardan ninguna relación con la forma; así pienso en ella y en su piel blanca y sus labios entreabiertos, la hinchazón abajo se activa; tanta comezón me transporta a las horas que la pobre dedicaba en hacerme un oral decente y los clavos que le atravesaban la quijada le lastimaban y no podía abrir más la boca, luego me roía el miembro y se apenaba mucho y yo decía con ternura protectora “no te preocupes, no te quiero porque puedas hacer esto o no, no estoy contigo por eso”. Nunca mentí, la prefería así. Años más tarde caí en cuenta de que estuve con ella porque su frustración aliviaba mis carencias; verla llorar tras su pésimo papel en el arte de la felación me hacía olvidar que yo no podía durar más de 20 segundos cogiendo sin desparramarme; sentirla fracasar, sentir sus dientes como motosierra era la indemnización a terceros de mi sufrida precocidad. Cambiaría todas las chupadas de mi vida futura por volver a sentir el placer de tenerla tumbada, vulnerable, enroscada sobre el edredón con la vista fija en quién sabe donde, pensando en practicar con pepinos, zanahorias y cañas de azúcar en épocas de posada, para hacerlo mucho mejor la próxima vez.
El infrarrojo del mingitorio acciona sus aguas por tercera vez desde que me postré, recorrí el cuero del cinturón y saqué el coche a pasear. Shaft no mearía en una de estas nicas desobedientes; él es de esos que derriten bloques de hielo con su chorro caliente y negro. No hay cuidado. Observo el largo de mi verduguillo y los cálculos acomodan las distancias. El sistema métrico decimal no miente. Nunca habían importado tanto los centímetros como ahora.
Sin algo mejor que hacer mientras desaguo, apunto a la pastilla azul del urinario. Apenas la humedezco y el parque de mi riñón desfallece en verdes. Los restos de antibacterial y meados se escurren por la blanca curva hasta llegar a una goma porosa, igual azul, con llagas de ácido úrico. Meo y me imagino al tipo cuya labor consiste en higienizar estos baños. El chorro se me escapa; sale impulsado sin dirección y empapa el sensor, también una frase mal escrita que algún sabihondillo grabó en la pared y las estructuras de plástico vaporoso con aluminio que separan un garita de otra. ¿Qué clase de sádico garabatea “Estamos condenados a ser libres” como si fuéramos nosotros los bichos pastosos de esa humanidad a la que los filósofos tratan de sodomizar con escarnio? Qué fácil es hacerse pasar por hombre, franquearse al equipo de los ganadores. Tan sencillo simular que todo está bien, mear sin control como si fuera la última vez y esperar a que venga un mínimo-asalariado a trapearnos la conciencia. Quizá por eso detesto los epígrafes y las citas. Me parecen de autómatas, predestinadas a fracasar y nunca perseverantes hasta las últimas consecuencias. Eternas conspiradoras: en una frase, me quedan grandes. Estamos condenados a ser liebres.
Sacudo mi pito escrupulosamente con el anhelo de que nunca se caiga. Llevo un par de semanas preocupado por su alicaída salud y por un puñado de ronchitas que empezaron siendo eso y en estos momentos parecen coliflores. No hay depresión más grande para un hombre que verse el miembro tocado, herido de muerte, con las venas truqueadas y a punto de transformarse en otra entidad. Contemplo avergonzado las ámpulas siniestras de mi verga y aunque tengo mis sospechas, aún no determino con certeza la denominación de origen.
Shaft. La negra en la hendidura de mi pantalón suspira por última vez el nombre de su macho y el tornamesista de bolsillo se lava las manos. El chaparro que chiflaba despreocupado “Esta tarde vi llover” apenas terminó su labor salió disparado sin siquiera enjuagarse las manos. Pinche puerco. Aunque mi pito diga lo contrario, para mí la higiene es primero. Me dirijo al lavabo y acciono el dispensador de jabón, que como siempre, falla. Mejor, el líquido seminal no es más útil que la porquería que suelen colocar como limpiador en estos lugares. Paso la mano por debajo del secador automático y un sonoro rugido se apodera de todo el baño. Son este tipo de caricias las que me impiden sentirme a placer en cualquier instancia de lo público. He pensado en utilizar el tema de mis verrugas genitales para escribir un cuento pero apenas ayer mi amigo Randy me contó una historia que según él, pronto convertiría en cortometraje: un tipo enamorado de un chavito de 15 años que se prostituye en la colonia Juárez. Esa era su pinche sinopsis. Luego de coger ambos quedan infectados de “algo” que todavía no visualizaba. Este “algo” incluye por supuesto pústulas sangrantes. Según él, conforme sus miembros se van pudriendo la relación amorosa entre ellos se fortalece. Muy marica, muy Randy toda la historia; pero aunque a mí se me haya ocurrido primero, sea yo quién tiene carcomida la verga y mi ficción no tenga nada que ver con señores que se enamoran de niños, me acusaría de plagio intelectual. Muy Randy. De todas maneras el papiloma humano es un tema muy trillado ya. Finalizada la higienización llega la hora de emerger de la trinchera. Puedo hacerme un esbozo de lo que va a ocurrir en las próximas horas y no me sorprende ni me emociona. Pero tengo que salir. Justo ahora una letrina se desocupa y del cubículo escapa un obeso bigotón con un Esto bajo el brazo. Al fin. Entro y la peste se le resbala a mi mermado olfato. Cerrojo. Cojo mi llavero del Pato Donald y de él escojo a la más guapa, la llave más larga del ramillete. Es una lástima que mis llaves no estén diseñadas para abrir puertas sino para aniquilarme lentamente. Parto el queso y se me funde la nariz con la blanca que sabe a jamón echado a perder, su impacto me amarga la saliva y provoca nauseas sin marear. En mis fosas nasales cabe todo el vacío y los quinces de septiembre; todos los cuetes, los shafts y los retretes juntos. Me sirvo otro pase, el relámpago me destartala la traquea y las perlas se me escapan; parece haber algo luminoso al fondo, pienso en varios sinónimos de la palabra reventar y comienzo a nombrarlos en voz baja: explotar, detonar, volar, tronar. Cuando llego a estallar pienso también en mi ex novia prognata e imagino que ahora estará casada con algún oficinista-joven-ejecutivo inmensamente estable que no se preocupa por nimiedades como el sexo oral. Eso quiero suponer. Un día de estos todo va a estallar.
Salgo y me sacudo con la manga, camino hacía la mesa donde esperan Julián y Ofelia, los únicos idiotas que aún mantienen esperanzas de pasarla bien hoy. Justo cuando me aproximo, las bocinas enmudecen y dejamos de escuchar la versión “easy listening” del huapango de Moncayo. El incendio en mi entrepierna se propaga. De pronto algunos comensales se ponen de pie y el presidente grita “Viva Hidalgo” por la televisión. La mesera que nos atiende, ojos restirados, listones tricolor y cabello inhumanamente anaranjado, responde con desgano “Viva”.
Rodrigo Márquez Tizano

Relato incluido en el nuevo número de la revista Tierra Adentro